Abstract
Este artículo propone destacar las potencialidades educativas propias de la escuela vivida como una comunidad educativa. Para lograr tal cosa, toda escuela debería asumir el sentido más profundo de su etimológia griega: scholé, es decir «tiempo libre», desligado de las actividades productivas, y por esta razón empleado para la formación personal. Esta ha de defender y promover una mejora armónica y global de la persona que, en una auténtica comunidad educativa, se fomenta: 1) al promover y cuidar los «bienes relacionales», no sólo los «convergentes»; y 2) mediante las vinculaciones y afectos «constitutivos». Los primeros bienes citados solo pueden existir si se dan una relación interpersonal y un vínculo que los vivifiquen, en cuanto son bienes compartidos e indivisibles, necesariamente procedentes del entorno social. Por su parte, los afectos y las vinculaciones «constitutivas», que son la base de una «comunidad constitutiva», resultan fundamentales para la construcción de nuestra identidad, pues muestran el valor antropológico y educativo de las relaciones interpersonales que establecemos. En particular nos ofrecen la oportunidad de comprender y apreciar la interdependencia positiva que surge en un contexto social compartido en virtud de un bien relacional que protegemos y cuidamos. La sección conclusiva quiere mostrar que la búsqueda del bien constitutivo es esencial para que una escuela comunitaria no caiga en la manipulación y la homologación.
Publisher
Ediciones Universidad de Salamanca
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